Imagina

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Imagina tener el trabajo que te gusta, un trabajo al que vas feliz. Imagina que cada decisión que tomes es cuestionada y abucheada, aún teniendo la certeza de que esa la has clavado. Imagina que ya desde antes de fichar sabes que en breves comenzarán los insultos y gritos hacía tu persona, sin todavía haber hecho nada.

Esas protestas, muchas veces contradictorias entre sí, te hacen dudar hasta de ti mismo… y todavía te queda una hora y media. Así es la vida de los árbitros cada fin de semana, un trabajo que puede resultar desagradable y desagradecido, donde se ha normalizado que el mayor elogio es que no se hable de ti. Para la gente, arbitrar es vestirse de corto y ver el partido de cerca, sin saber muy bien qué es lo que estás haciendo. Nada más lejos de la realidad.

Arbitrar es preparación física para llegar a ser el que más cerca esté de aquello que pase, sobre reglamento para no equivocarte o demorarte y acarrear algún problema al juego, y sobre todo mental para poder mantener tu línea de trabajo a pesar de la cantidad de gente con intereses contrarios entre sí que está implicada; arbitrar es ir a examen con el examinador en contra. La preparación mental no es memorizar el reglamento o acordarse del número de un jugador para amonestarle, es ser capaz de mantener el mismo criterio hasta el último minuto, pese a no agradar a los de tu alrededor. Arbitrar es ser capaz de aislarte y confiar en ti mismo siempre, pase lo que pase.

El colegiado tiene, además, que ser capaz de convertirse en un gestor de grupo y saber manejar las emociones de los jugadores y cuerpos técnicos. Hay que entender que en un partido, cada persona, individualmente hablando, tiene una objetivo diferente. Esas personas que vemos en el terreno de juego desean realizar su tarea lo mejor que puedan, sin excepción, entrenadores, defensas, delanteros, delegados… Y por supuesto, los árbitros.
Puede que el árbitro tenga un pequeño hándicap sobre el resto, ya que tiene que hacer cumplir el reglamento sin ser protagonista, sabiendo que la mitad de los implicados buscan un objetivo opuesto a la otra mitad, y que no puedes beneficiar a ninguna de las dos partes.

Ojala algún día lleguemos a entender que, a lo mejor, el balompié sería mucho más bonito si dejamos que el prójimo haga su trabajo lo mejor que pueda, sin reprimendas. Un campo de fútbol es un lugar en el que disfrutar del deporte que amamos, no un cuadrilátero sin ley ni normas. Entiendo que los jugadores y cuerpos técnicos protesten y estén más exaltados, al fin y al cabo se están jugando sus intereses, sus objetivos y los nervios, el cansancio y la presión ejercida sobre ellos puede que les sean difíciles de gestionar; pero querido público… queridos padres, queridas madres, queridos amigos y amigas de jugadores… si vuestro equipo o si vuestro hij@ pierde o gana, a vosotros no os influye en absoluto, el lunes llegará y volverá la rutina, independientemente de lo sucedido en el fin de semana.

Los protagonistas no somos los árbitros, el público va a ver a los jugadores, va a ver el partido, no al colegiado; ¿por qué entonces las críticas van hacia este último? Si lo que trabaja un equipo no sale bien, si se aleja del objetivo marcado, si las soluciones no aparecen… ¿no será que el equipo contrario estará influyendo en eso? Los árbitros somos meros encargados de marcar los límites para que ambos equipos compitan en la mayor igualdad posible… ¿es más fácil tomarla con el que no permite salirse del límite en beneficio propio que mirarse a uno mismo y ver por qué el rival lo está haciendo mejor? No siempre fácil significa mejor, y degradar a una persona que como el resto, está tratando de velar por el deporte que le gusta nunca debería ser una opción, y sin embargo es la más normalizada.

Aficionados del fútbol, ¿que tal si el público empieza a ser eso, público? ¿que tal si empezamos a disfrutar con lo que este deporte nos brinda? ¿que tal si empezamos a valorar los esfuerzos de todos los implicados para que el público pueda ver ese partido?
El mundo del fútbol os lo agradecerá.



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